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  • No quería subir este vídeo, más que nada por algunas amistades que tengo por ahí, pero ya agotáis mi paciencia...

  • Sois los mejores, hay que ser malo malo malisimo para hacer esto, sois superiores sin lugar a dudas nunca he visto semejante dosis de maldad, un aplauso para los blancos. Esto es asesinato a sangre fría y masivo, a ver que miembro de otra raza se carga el solito a 92 chavales, es pedazo de record, larga vida a los tiburones blancos 14/88 ( los demás podemos temblar acojonados, entre judíos y blancos se cargan el mundo).

  • Como un videojuego

    En el infierno de Utoya algunos supervivientes han podido contar cómo el asesino estuvo disparando contra los jóvenes como si se tratase de un videojuego.Varios de los jóvenes que estaban en el campo han reconocido en la televisión noruega que al principio«creyeron que se trataba de una broma».Tan sólido es el sentimiento de seguridad tradicional en este país, que la policía nunca va armada.Toda esa percepción tan arraigada es lo que el asesino ha hecho saltar por los aires.

  • Su crimen ha sido tan diabólicamente planificado, tan complejo, tan cronometrado, que no se puede que pensar que se trata de una mente prodigiosa al servicio del Mal. El asesino había estudiado Administración de Empresas, pero tenía una granja. La cobertura de la granja le permitió adquirir seis toneladas de fertilizantes sin levantar sospechas. El fertilizante lo utilizó para fabricar el explosivo del coche bomba que haría explotar junto a la sede del gobierno, en el centro de Oslo.

  • Las dimensiones de la matanza de la isla de Utoya y la bomba contra las oficinas del Gobierno han hecho saltar en pedazos el sueño de un país apacible y feliz. La constatación de que el causante de tanto dolor ha sido precisamente un noruego —alto y rubio— de 32 años añade aún más estupor a los menos de cinco millones de habitantes de este país.

  • El significado de la palabra conmoción no sería bastante para definir el estado en el que los sucesos del viernes han sumido a Noruega. Ni el silencio imponente en las calles de Oslo, ni los militares patrullando por sus calles, algo que en este país nadie ha visto en los últimos sesenta años, pueden dar una idea de la consternación en la que los noruegos se han hundido después de la masacre.

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